—Atiende a la historia que te cuento. He buscado la verdad por muchas aldeas y pongo a mi hacha por testigo de que lo que te voy a relatar tiene una sólida base. Dicen que, de todas las joyas creadas por los elfos, esta es única.
—Y siempre es cierto. Salvo en el caso de los Gemelos de Oro, que había dos iguales. Pero escúchame, Irlue —dijo el enano inclinándose sobre la mesa de madera. Quería bajar el volumen para dar tensión a su historia, pero el ruido de la taberna se lo impedía, así que se conformó con gritar con voz grave—. Se cuentan muchas cosas del elfo que forjó este brazalete. Por lo visto no era el más honesto de los elfos, si es que alguno de esos asquerosos barbilampiños lo fue alguna vez. Tampoco el altruismo era una de sus virtudes. Gran parte de la época en la que vivió fue dura para los de su raza y, para alimentarse, alquilaba su conciencia y su habilidad con las piedras preciosas. Siempre ocultó su nombre, así que las historias se entremezclan, pero se le reconocía por su emblema, la estrella de Herschel.
—Vale, capto la idea. Un estupendo elfo con nombre y conciencia de orco forjó esta maravilla. Pero deja de hablarme del joyero y háblame de su obra.
—¡No! Herschel es el nombre de una estrella con un brillo especial y que usaba como símbolo, no su nombre, ¡presta atención! Pero no se trata de cualquier joya, Irlue. Se trata del brazalete con mayúsculas.
Irlue se mordió el labio impaciente.
—Te estoy hablando del Brazalete de Rubíes Arcanos Considerado Admirable y Lustroso por la Estirpe de la Taciturnidad Eterna.
—Eso sería el B.R.A.C.A.L.E.T.E., Kur. Con C, no con Z.
—Minucias. Es su poder el que es mayúsculo, Irlue. ¡Su poder!
—Según los llorones greñudos esos. ¿Y qué hace, pues?
—Bueno... Hace magia, eso seguro. Rayos, explosiones... y algunas historias mencionan algo relacionado con el tiempo, pero eso no está claro entre tantos rumores. ¡Pero es evidente que es único!
—Te empiezas a repetir, pequeño.
—Vamos, Irlue. Ven conmigo. Necesito un mago para conseguirlo. Los rubíes están protegidos por una compañía maldita; los espíritus de unos hombres condenados por los hechiceros élficos. Sólo se les puede ver junto al templo del Hayedo de Dicra tras la caída del sol del equinoccio de otoño, portando una antorcha que brilla con el color de la noche en el infierno.
—No esperaba menos.
—Magia élfica, Irlue. Aunque seas humano, a ti te educaron los elfos. Te necesito.
—Está bien. Al fin y al cabo, esos estirados me caen casi tan mal como a ti. Pero sólo si invitas a la siguiente ronda.
—¡Tabernero! ¡Otra jarra de vino para mi amigo de la corta barba y para mí!
Tal vez los enanos apodaran a Kur Azafranado por el color de su pelo, pero no era un adjetivo que hubiera elegido Irlue. No, al ojo de un humano el tono de su pelo era profundo como las cavernas en las que había crecido. Más aún que las hojas de las hayas teñidas por el otoño que luchaban por mantenerse un día más asidas al árbol del que brotaron. Kur se rascó la barba y miró a su compañero.
—Este es el templo.
—¿Esta ruina? Son sólo un puñado de piedras apiladas. ¡No tiene ni una vidriera en sus ventanas!
—Es una historia antigua, ¿vale? Casi tanto como tú. Y la gente huye de maldiciones y supersticiones, así que ¿quién iba a arreglar un sitio abandonado? Anda, vamos adentro a tomar algo antes de que anochezca.
Irlue resopló, pero se adentró en el supuesto templo. Ya en su interior, Kur amontonó un puñado de maderos.
—Anda, préndelos. Hace frío y aún queda un buen rato para la medianoche.
—Pásame el yesquero.
—No he traído de eso. Eres mago. Usa magia.
—¡No he bebido nada en horas! Estoy más sobrio que una elfa.
—Pues saca la bota, amigo. Y ya puestos, comparte un poco de ese tinto.
—Nada de compartir. Si nos quedamos sin vino, nos quedamos sin magia. Y nos hará falta para conseguir el B.R.A.C.A.L.E.T.E.
—Asqueroso vómito de troll. ¡Ojalá te lean poesía hasta que te guste!
—Es por el bien común, pequeñín, no te pongas así.
Irlue bebió de la bota hasta sentirse un poco achispado. Justo lo que necesitaba para prender la yesca. Después, porque se trataba de un buen vino, siguió bebiendo hasta que no le importó compartirlo y reconocer que llevaba más de una bota. También sacó unas cerezas para acompañar.
—¡Serás comelechugas! —dijo Kur tirándoselas a la cara y sacando un paquete de su zurrón— Prueba esto. Es auténtico lomo de orco adobado.
Irlue intentó poner cara de asco aunque, en su estado de ebriedad, no lo hizo muy bien.
—¿A qué viene esa cara? Todo el día comiendo carne de cerdo... Es muy parecido. Tal vez un poco más intenso. Quién iba a decir que se podía sacar algo bueno de un orco, ¿eh? Toma un poco de pan para pasarlo.
—¡Ah, no! ¡Eso sí que no! Si como un pedazo de pan de los enanos se me pasará la borrachera de golpe y la necesito para enfrentarme a la Compañía esa.
Y pegó un trago de vino de la bota.
Las horas corrieron junto al alcohol y el sueño acechaba a los dos aventureros cuando un estruendo les asustó.
—¿Qué... hip... ha sido eso? —susurró Irlue.
—Alguien ha roto las vidrieras.
—Imposible, Kur. El único cristal que hay en este templo es el de mi bota de vino.
El enano miró la bota de piel de cabra.
—No me digas que no sonaba a cristales rotos.
Irlue guardó silencio y se levantó con esfuerzo y concentración. A él le gustaría pensar que a continuación caminó en línea recta hasta que vio un resplandor. Se agazapó a observar junto a un murete parcialmente derruido.
—¡Respeta el terreno sagrado! —gritó una voz resonante que levantó a Kur del sitio. Nervioso por si le acusaba a él, se sacudió las migas de la barba y se acercó a su amigo.
—¿He bebido de más o tú también ves un cura refulgente? —le preguntó Irlue.
—Yo veo que el cura no está solo.
Ambos apretaron fuerte los ojos y enfocaron de nuevo la mirada sin salir de la cobertura que les ofrecía aquel murete. Efectivamente, a unos pasos de ellos había un cura refulgente y translúcido. Tras él había una mujer igual de intangible y, frente a ellos, alguien vestido de batalla y con orejas de punta. A sus pies, unas esquirlas brillantes que supusieron que habrían sido las vidrieras perdidas.
—No reconocemos vuestra fe, humanos —dijo el fantasma de orejas puntiagudas—. En cambio, la mujer que ocultas hizo una promesa que ha de cumplir. Que nos dé lo que nos debe si no quiere que lo cojamos nosotros mismos.
—¡No, padre! —rogó la mujer acariciándose una gran barriga.
—¡No tenéis moral! —gritó el sacerdote protegiendo a la mujer.
—Sí que la tenemos. Pero no la compartimos con vosotros.
El elfo desenfundó una espada y con el siguiente movimiento, el brillo de aquellos seres cambió de color. Ahora Irlue entendió las palabras de Kur que lo describía como «la noche en el infierno». Más sacerdotes y lo que parecían más bien monaguillos aparecieron en escena a ayudar a su compañero caído, pero lo que pasó a continuación no es necesario describirlo. Baste decir que los dos aventureros prefirieron no fijarse en los detalles y mantener la asociación del color de la escena con el vino que llenaba sus barrigas y no con el fluido que comenzó a salpicar a su alrededor.
Por fin el ruido se calmó y se atrevieron a mirar de nuevo. Los cuerpos se deshicieron en jirones de niebla emborronando la sala y se recolocaron dibujando una nueva escena. Una compañía de sacerdotes encadenados guiaba a un alto elfo. Llevaba un bebé en su brazo izquierdo y un bastón a su diestra. En su muñeca resplandecía un brazalete de rubíes.
—Ahí está —sonrío Kur.
La compañía salió del templo sin saber que les seguían.
—¡Eh, tú, barbilampiño! ¿Dónde vas con esa pulsera tan bonita?
—Shhh... te va a oír —susurró Irlue agachándose al oído de su amigo.
Efectivamente, el grito llegó más allá y el elfo se giró. Los sacerdotes sintieron curiosidad y, aunque no les habían llamado a ellos, también se volvieron. Al hacerlo, vieron a un humano y un enano que intentaban mantener la verticalidad apoyándose en la puerta de entrada al templo abandonado.
—Donde vamos no es de tu incumbencia —respondió con una voz que seguía teniendo eco a pesar de estar ya al aire libre.
—Te equivocas, larguirucho. Verás... hip... esos que llevas ahí son amigos míos.
Los sacerdotes se miraron extrañados. El enano dio un codazo a su compañero. Este se sobresaltó y miró a su alrededor.
—Las cadenas —le susurró Kur entre dientes.
Irlue puso cara de comprensión y se agachó. El elfo empezó a hablar, pero los enemigos siempre tienen una conversación muy aburrida. Ignorándole, recogió una ramita del suelo y se incorporó de nuevo con un equilibrio inesperado. Murmuró unas palabras y quebró la ramita. Las cadenas de los sacerdotes explotaron en una neblina. Los exprisioneros sonrieron.
—Gracias por seguir el círculo, Irlue —dijo uno de ellos mientras se evaporaban.
—¿Qué…? ¡Eh! ¿Cómo sabes…? —preguntó, pero los sacerdotes ya no estaban allí.
—No deberíais haber hecho eso —dijo el elfo. Apoyó el bebé en el aire y desapareció como si se lo hubiera entregado a alguien invisible.
Apuntó su bastón hacia el mago y lanzó un rayo que brilló con todo su odio. Kur se lanzó con su hacha por delante y reflejó el rayo que golpeó un arbusto cercano y le hizo arder. Si la escena había tenido parecido con la noche en el infierno, el fuego era lo único que le había faltado.
—Gracias… hip... pequeño —dijo Irlue con unos ojos muy abiertos.
El enano se lanzó hacia el elfo e Irlue pegó otro trago de vino. El espíritu del elfo dejó que se le acercara y cuando Kur intentó golpearle, el hacha le atravesó como... bueno, como a un espíritu. Kur, lleno de la furia de la batalla, golpeaba una y otra vez mientras el elfo reía. Irlue cogió un puñado de barro del suelo y le dio forma. A continuación murmuró unas palabras y lo tiró al arbusto ardiendo. Hizo un gesto con el brazo y un montón de armadillos translúcidos surgieron de las llamas y atacaron al elfo.
Kur, viéndose rodeado sin entender nada se giró hacia su amigo.
—¿Armadillos?
—Son unas criaturas muy interesantes. hip... ¿No te encanta cuando se hacen bolas?
—Sí, pero ¿no se te ocurre algo más útil?
Irlue se rascó la barba antes de contestar.
—Tira tu hacha al arbusto.
—¡¿Qué?! hip... ¡Tú estás borracho!
—¡Pues claro! Por eso tienes que tirarla.
—Este hacha fue forjada por manos enanas en las entrañas de las montañas de…
—¡Por la barba de tu madre! ¡Tira el hacha!
Kur la tiró muy a su pesar y el mago murmuró más palabras agitando sus dedos a la vez.
—Ya puedes cogerla.
—Quemará.
—No, hip... Cógela.
El enano dudó pero aun así la cogió. Levantó un hacha tan traslúcida como los armadillos de los que estaba terminando de librarse el elfo.
—Ahora sí, ¡golpea con tu hacha!
Kur cargó de nuevo y cercenó un brazo que salió disparado sujetando al último de los armadillos en su mano. El grito del espíritu era más de rabia que de dolor, pero ni Kur ni Irlue le hicieron mucho caso. Ellos se fijaron más en el brazalete de rubíes. Irlue corrió a por él mientras el enano jugueteaba con el hacha y el manco. Recogió la mano y extrajo la pulsera sin flexionar su pulgar. Era más fácil sacarlo por el otro lado.
En cuanto lo sostuvo, notó una quemazón y lo soltó con un grito. El elfo rio mientras se desvanecía.
—¡Ja! Estáis borrachos y sólo un abstemio puede llevar el brazalete. Parece que el bebé seguirá siendo nuestro al fin y al cabo. Muajajaja...
—¿El bebé? ¡No me habías dicho nada de un bebé, Kur!
—No lo sabía. Pero habrá que salvarle, ¿no? Si no podemos llevarnos los rubíes, habrá que recuperar a la criatura al menos.
—No me gustan los bebés. No me gustan los líos en los que me metes. Hip... —suspiró—. Intentémoslo.
Irlue pegó otro trago de vino y volvió a amasar barro. Tras tirarlo al fuego y murmurar, un perro de caza salió de los arbustos.
—¿Un perro?
—Claro, para encontrarlo. ¡Busca al pequeño, Manchitas! ¡Busca!
El perro olisqueó y se evaporó. Kur miró a su compañero con los ojos muy abiertos.
—Y una vez... Manchitas... encuentre al niño, ¿qué?
—Llevas razón. Hip...
Más barro y más murmullos. Cuatro perros tirando de una cuna sobre trineos aparecieron y desaparecieron del mismo modo. Tras una pausa más que razonable, Kur habló de nuevo.
—Son elfos... no sé... echo de menos objetos afilados en tu plan.
Irlue asintió con todo su cuerpo durante varios segundos, pero por si hubiera duda de su borrachera, bebió más vino aún. Barro, murmullos y un puñado de hachas y espadas flotantes salieron tras los perros.
—¿Sin nadie que las sostenga?
Una manada de elefantes siguió a las hachas.
—Los elefantes… hip... no tienen manos.
Un escuadrón de esqueletos desapareció tras los elefantes. El enano contempló el vacío unos segundos antes de hablar de nuevo.
—He de reconocer que me gustaría ver cómo reaccionan los elfos a todo esto.
—¡Guau!
Manchitas había vuelto a aparecer y parecía requerirles en el otro plano.
—¡Vamos a por ellos! —gritó Kur lanzándose sobre la hoguera.
Irlue no murmuró. En su lugar, contuvo una risita mientras veía cómo el enano salía dando saltos y rodaba por el suelo para apagar las llamas. Tras conseguirlo, se le quedó mirando.
—Quemarse no es una buena forma de cambiar de plano.
—Podías haberlo dicho antes. ¿Cómo lo hacemos?
—Podríamos usar los rubíes, supongo, pero estamos… hip... demasiado borrachos.
—Pero no lo suficiente como para vomitarlo todo.
—Totalmente de acuerdo. Y sería un desperdicio.
—¿Tienes café?
—No. Sólo las cerezas que no me dejaste comer antes.
La cara del enano sirvió como respuesta.
—¿Entonces?
—Necesitamos algo que tire de nosotros.
Ambos miraron a Manchitas.
—¡Lo tengo! Saca la cuerda del zurrón. ¡Quemaremos media cuerda!
Gracias a los murmullos del mago, consiguieron una cuerda mitad palpable, mitad evaporable y ataron el extremo adecuado al perro.
—¡Tras ellos!