Después de todo podrían haber descrito la experiencia como estar borracho, pero no estaban en condiciones de distinguirlo. En su lugar, y como eran muy machos, lo describieron como un fuerte tirón que pudieron soportar gracias a su extraordinaria fuerza. También contaron que un montón de armadillos saltaban de lomos de varios elefantes mientras unos esqueletos usaban alguna tibia suelta para aporrear las cabezas de varios elfos. No obstante, estaban borrachos y puede que imaginaran cosas.

Un elfo sin brazo les reconoció y apuntó con su bastón. Una explosión lanzó varias hachas y espadas voladoras, una de las cuales golpeó a Kur en la cabeza. Aunque luego no quisiera reconocerlo, quedó inconsciente. Sangraba abundantemente por la cara, pero como todo brillaba como «la noche en el infierno», apenas se distinguía.

—¡Noooo! —diría Irlue que gritó con todos sus pulmones. O sea, con el derecho y con el izquierdo.

Según él, utilizó su ira para controlar varias de las hachas y relanzarlas contra el elfo, que no tuvo nada que hacer. Y con la ayuda de los armadillos, rescató al bebé. Kur no pudo confirmarlo todo, pero cuando despertó en el bosque todo tenía un color normal y alguien lloraba junto a él.

—¡Ey, veo que hemos rescatado al crío! —dijo Kur palpándose un ojo que no usaría en un buen tiempo, si es que volvía a usarlo en algún momento.

—¿Hemos?

—¡Claro que «hemos»! Entramos dos en ese plano y salimos tres. Anda, dame un poco de vino para acallar el dolor. 

—En ese caso, hemos perdido el B.R.A.C.A.L.E.T.E. —dijo Irlue acercándole la bota.

—¡¿Cómo?! —gritó Kur levantándose de un salto.

—¡Buuaaaaa! —le respondió el bebé.

—Cuando salí... salimos, vi a una comadreja llevárselo entre los dientes. La verdad es que los rubíes le hacían juego con su pelo, pero no tuve tiempo de hacerle el cumplido y no me atreví a dejar al bebé cuidándote. Además, me gruñó un poco y, al hacerlo, los rubíes brillaron y apareció esta otra bota de vino. Me viene de perlas, porque se me estaba acabando la mía.

—¡¿Por dónde fue?! —dijo el enano ignorando el alcohol— ¡Cazaré a ese roedor con mi hacha!

—Mustélido.

—¿Qué?

—Que la comadreja es un mustélido, no un roedor.

—Bueno, ¡pues cazaré a ese mistérido con mi hacha!

—¡Pero si no tienes visión de profundidad! —le dijo Irlue señalándole un ojo— ¿Cómo piensas arrearla?  

—Con ganas —gruñó Kur.

El mago sonrió, pero se agachó junto a unos hierbajos. Los acarició y murmuró unas palabras. Unas huellas de mustélido brillaron en el suelo.

—Algún día tienes que dejar de murmurar y dejar que entienda lo que dices.

—Ni borracho —dijo guiñándole un ojo.

Siguieron las huellas como si de fuegos fatuos se tratara hasta que dieron con la comadreja.

—¡Ven aquí, comerratas!

Kur se lanzó a por ella, pero por una mezcla entre su ojo perdido y la agilidad del animal no era capaz de atizarla. Sin embargo, esta le enseñó los dientes soltando así el brazalete de rubíes. El enano agarró la pulsera y la soltó al momento abrasado por su magia. Además, la comadreja aprovechó el despiste para morderle un dedo. No fue grave, pero la sangre comenzó a deslizar por su mano. En ese momento, un montón de armadillos arrollaron al roedor. Soltó el dedo del enano y se revolvió entre los armados contrincantes. Era mucho más valiente que ellos, así que estos se hicieron una pelota y la ladrona protegió los rubíes con su cuerpo.

—¿Armadillos? ¿No puedes pensar en otra cosa cuando estás bebido?

—¡Eso es! ¡Bebido!

—¿Cómo?

—Que el tabernero me perdone.

Irlue dejó al bebé a un lado, empuñó la bota de vino que había aparecido unos minutos antes y, apuntando con el pitorro hacia la comadreja, apretó. Un chorro de tinto atizó al animal en la cara. Intentó morderlo, sin éxito y sin poder evitar llevarse algún trago. Siguió apretando hasta vaciar la bota. De pronto, la comadreja cambió el gruñido por un gemido y, con un salto, salió disparada entre los árboles.

—Retiro lo anterior. Me encanta cómo piensas cuando estás bebido.

—¡Buaaaaa! —coincidió el bebé.

Irlue le recogió y Kur le tarareó una canción enana para disgusto de ambos humanos. Al poco, el bebé se calmó, probablemente para evitar que siguiera cantando. A continuación, se quedaron mirando el brazalete del suelo. Efectivamente, tenía el símbolo de una estrella tallado en el metal que engarzaba los rubíes.

Kur sacó un pañuelo del zurrón e intentó recogerlo sin éxito.

—¡Hijo de orco! Quema a través del pañuelo...

Cogió el hacha e intentó engancharlo con la punta.

—¡Ah! —gritó soltando el hacha— ¡No lo he cogido! ¡No puede quemar!

—Es magia —dijo Irlue encogiéndose de hombros—. No tiene que atenerse a la letra de un contrato como en los cuentos. Puede cumplir con el espíritu del conjuro.

—Pues ni tú ni yo vamos a cogerlo en este estado.

—Ni el bebé. Es demasiado pequeño.

—Pues tendremos que pasar la borrachera...

Será mejor saltarse la descripción de lo que pasó a continuación. Baste decir que la mayoría del alcohol aún estaba en sus estómagos y, un rato después, ya no lo estaba.

—¿Sigues borracho?

—No lo sé, pero no me encuentro bien...

—¿Necesitas espabilarte? ¿Te doy un tortazo?

—No, creo que no hace falta.

Kur se acercó al brazalete de rubíes y lo palpó con unos toques rápidos.

—Está templado, pero ya no quema —dijo recogiéndolo.

—Estupendo. Y ahora que lo tenemos, ¿qué hace?

—Ni idea. Magia, supongo.

—A ver, prueba algo.

Kur estiró sus cortos brazos y agitó los dedos como si estrangulara al aire, pero nada ocurrió.

—¡Rayos! —gritó lanzando sus brazos hacia delante.

—¡Fuego! —intentó de nuevo. Tras pensarlo un momento, colocó las manos en círculo y volvió a gritar—. ¡Armadillos!

—No parece que funcione. ¿Me dejas probar?

Irlue se colocó el B.R.A.C.A.L.E.T.E. en la muñeca y lanzó sus brazos como había hecho Kur hacía unos instantes. Bueno, tal vez con algo más de estilo. Los rubíes parecieron fundirse en el aire hasta convertirse en unos rayos que prendieron fuego a un desafortunado árbol.

—¡Por la cueva de mi padre! Yo pierdo un ojo y tú ganas una pulsera mágica. Te salió rentable la aventura...

—Pero no volveré a beber vino sin irritarme la muñeca. Y si tienes envidia, te dejo que te quedes con el bebé.

Volvieron a centrarse en la criatura.

—Oye —dijo Kur—, ¿te has dado cuenta de que tiene tus ojos?

—Es verdad...

—E iba a ser criado por elfos, como tú.

Irlue se quedó pensativo un momento.

—Ahora que lo pienso, mi primer mentor en la magia era manco.

Ambos se quedaron en silencio un buen rato.

—Lo siento mucho por aquella mujer translúcida, pero creo que deberíamos devolverlo.

Irlue estiró el brazo con los rubíes de nuevo y un portal se abrió junto a ellos. Cogieron al bebé y se adentraron en el otro plano.


FIN